La cultura de lo desechable (no) se va de vacaciones con nosotros
De vacaciones nos permitimos más libertad, más desenfado y alguna que otra excepción, incluso en nuestra forma de consumir. Pero, ¿y si el viaje fuera la ocasión perfecta para redescubrir el valor de los objetos hechos para durar?
De vacaciones nos permitimos más libertad, más desenfado y alguna que otra excepción, incluso en nuestra forma de consumir. Pero, ¿y si el viaje fuera la ocasión perfecta para redescubrir el valor de los objetos hechos para durar?
¿Cuánto duran de media unas vacaciones? ¿Una, dos, exageremos… tres semanas? Mientras se trate de este tipo de duración, todo va bien. Pero pensémoslo: algunos de los objetos que las acompañan permanecerán con nosotros —y con el planeta— decididamente más tiempo.
Durante unos días cambian los ritmos, los horarios, las prioridades.
Buscamos ligereza, practicidad, sencillez. Y es natural que sea así.
Quizá sea precisamente esta sensación de suspensión la que modifica, casi sin que nos demos cuenta, también nuestra relación con los objetos.
Compramos el formato de viaje que usaremos una semana. Aceptamos vajilla desechable porque «al fin y al cabo, solo es un almuerzo para llevar». Compramos accesorios baratos destinados a una sola temporada.
Pequeñas decisiones que parecen irrelevantes, tomadas una a una.
Y, sin embargo, transmiten una misma idea: que, si algo va a durar poco en nuestra vida, también puede diseñarse para que dure poco en el mundo.

El problema no es la comodidad. Es elegirla a costa de la durabilidad.
Partamos de un contraste curioso.
De vacaciones nos permitimos un vaso que usaremos diez minutos —quizá metido a la ligera en la bolsa de playa, corriendo para disfrutar de una puesta de sol imperdible desde el acantilado—, o un envase pensado para unos pocos días, o incluso una prenda que probablemente no volverá a ver el verano siguiente.
Su función termina rápidamente. Su existencia, sin embargo, dura mucho más.
Y aquí… nos adelantamos a una objeción: no, no se trata de renunciar a la comodidad.
Sino de preguntarnos si la practicidad y la durabilidad deben considerarse realmente incompatibles.
Quizá el problema no radique en los objetos en sí, sino en la costumbre de imaginarlos ya destinados a ser sustituidos.
Unas vacaciones siempre dejan algo. La pregunta es: ¿qué?
El viaje, por excelencia, es un generador espontáneo de recuerdos.
Así lo atestiguan una foto olvidada en el móvil, ese bronceado tan ganado a pulso (en todos los sentidos) que se va desvaneciendo poco a poco, y el aroma de la crema solar que vuelve a aflorar al abrir la maleta semanas después de volver.
Pero cada viaje también deja una huella menos evidente.
Los destinos que elegimos para disfrutar de nuestro descanso acogen a millones de personas cada verano. Millones de pequeños gestos que, sumados, producen un impacto mucho mayor de lo que imaginamos cuando nos convencemos de que es solo por hoy.
No hace falta convertir las vacaciones en un ejercicio de perfección.
Basta con recordar que cada acción que realizamos durante esos días, por muy temporal que sea, seguirá siendo un recuerdo de nuestro paso por allí incluso cuando ya hayamos vuelto a casa.
Quizá el verdadero lujo sea llevarse menos cosas… pero más bien pensadas
Pues sí: inconscientemente, cuando viajamos, nos saltamos las normas de casa. Como si en vacaciones no valieran, como si no tuvieran el mismo peso…
Y es precisamente aquí donde se cuela la idea (reconozcámoslo… muy a menudo atractiva) de lo desechable.
Mini frascos.
Artículos de aseo del hotel.
Envases ligeros.
Porciones individuales.
Todo listo para usar, todo rápidamente desechable, todo «a medida» de cada persona.
Hoy, sin embargo —y por suerte—, está surgiendo otra idea de lo que es la practicidad.
Una que no tiene que ver con el consumo rápido, sino con la calidad de los objetos que decidimos llevarnos. Porque, seamos sinceros: unos pocos productos bien diseñados son la verdadera comodidad (y la única garantía) de unas vacaciones perfectas.
Capaces de acompañarnos durante el viaje sin convertirse, a la vuelta, en algo de lo que hay que deshacerse.
Al fin y al cabo, la ligereza de una maleta no depende solo de su peso, sino también de las intenciones con las que la preparamos.

El embalaje también refleja una forma diferente de viajar
Hay objetos que, independientemente de su uso, cuentan el futuro que se ha imaginado para ellos.
Algunos parecen diseñados para cumplir rápidamente su función, mientras que otros nacen con un concepto diferente de permanencia.
Por eso, los cosméticos agrícolas de Oway se presentan en frascos de vidrio y aluminio: materiales elegidos no solo para preservar al máximo la integridad de las fórmulas, sino también porque pueden seguir existiendo mucho más allá de su primer uso, gracias al upcycling.
O bien volviendo a ser los recursos naturales que los generaron: el vidrio que vuelve a convertirse en arena, el aluminio que recupera la forma del mineral, la bauxita, del que surgió.
Una elección que refleja una filosofía concreta.
El envase no es un simple envoltorio, sino parte integrante del producto. Protege la fórmula, preserva su calidad y transmite una forma diferente de diseñar: no orientada a alimentar un consumo rápido y compulsivo, sino a crear un valor que perdure en el tiempo.
Recordatorio antes de salir de viaje:
una maleta con unos kilos menos (de decisiones evitables)
Llegados a este punto —al margen de todas estas reflexiones y antes de cerrar la maleta—, merece la pena plantearse algunas preguntas. No para convertir la salida en un ejercicio de control, sino para elegir con mayor conciencia lo que decidimos llevarnos.
· ¿De verdad necesito comprar un producto que solo voy a usar unos pocos días?
· ¿Puedo elegir objetos pensados para acompañarme también en futuros viajes?
· ¿Estoy dando prioridad a la comodidad inmediata o a la calidad a largo plazo?
· ¿Puedo reducir lo que llevo sin renunciar a lo que realmente necesito?
· ¿El embalaje que estoy eligiendo transmite los mismos valores con los que me gustaría viajar?
Ahora solo queda ponerse en marcha.